viernes, septiembre 08, 2006

Baldío - Recitales (Segunda parte)

Aquel recital en el cine Liberty fue memorable por los motivos señalados. Ahora corresponde señalar los motivos por los cuales NO recuerdo gran parte de ese recital. La imagen que me viene a la mente una y otra vez es la del trance final del tema "La bruja" -¿estrenado ahí?, no lo recuerdo- con la frase "Su cuerpo es el cuerpo de todas las mujeres" repetida como un latigazo por Cabrera y por Recagno. Genial, pero ¿por qué es casi lo único que recuerdo? ¿Por qué sería lo único del recital que incluiría en la película?
Creo que la respuesta es clara. Yo había ido a recitales anteriores del grupo, en el pequeño teatro La Candela. Ahí la música sonaba con el tamaño que, a mi modo de ver, necesitaba Baldío. Ahí cada nota y matiz se distinguía nítidamente. Ahí el entramado instrumental cobraba otro relieve. En un lugar amplio como el cine Liberty..., Baldío corrió el riesgo de parecerse demasiado a un mero grupo de rock... De acuerdo; en cierto modo era un grupo de rock. Pero sólo en cierto modo. Los rebotes del sonido, la masa grande y espesa... Tal vez me equivoco; a fin de cuentas, como ya dije, recuerdo poco de ese recital, aunque es cierto que todo lo sucedido anteriormente, tan surrealista y dramático, puede haber jugado en contra de una disposición normal al disfrute. No sé. Lo cierto es que, al igual que el disco, ese recital no me pareció lo máximo que podía dar el grupo.
Los recitales en La Candela fueron otra cosa. Allí imperaba un silencio imposible en un local enorme, con mucho público. Jamás gusté de los recitales en lugares inmensos y, excepción hecha de algún Teatro de Verano a cargo del Cuarteto de Nos o de Jaime Roos, han pasado ante mis ojos y por mis oídos, músicos que aprecio como Brian May, los B-52s y algún otro, como si nada hubiera pasado, como si yo estuviera en la parada esperando un ómnibus mientras allá a lo lejos, en algún edificio, sin relación conmigo una gente está al parecer más o menos interesada en tocar un poquito de música... pero yo casi no me doy cuenta porque ahí viene el ómnbius. No sé. Esto como criterio general.
En el caso de Baldío, bueno, sonó como otro grupo. En parte lo era, pues tocaba con ellos -por primera vez en público como parte del grupo, que yo sepa- Bernardo Aguerre.
Abro el paraguas: Bernardo Aguerre es un excelente músico. Los arreglos del disco "Zurcidor" de Darnachauns son simplemente brillantes, increíblemente creativos, con una personalidad definida, económica y única. Basta escucharlos una vez para saber que detrás de ellos hubo una mente en actividad. Cosa que no siempre puede decirse sobre los arreglos musicales... Es, además, un muy buen guitarrista. Supongo que habría aportado mucho al grupo en caso de que éste hubiera durado. (No duró. Si mal no recuerdo, publicaron un disco y se separaron). Pero a juzgar por el disco y el recital del Liberty..., bueno, no sé. Reitero: el tiempo tal vez les habría dado la razón a Baldío. Pero, como dice un tema muy posterior de Cabrera, el tiempo está después.
Y después está también mi comentario sobre aquellos recitales en el pequeño teatro.

(Sí; continuará)

lunes, junio 26, 2006

Baldío - Recitales (Primera parte)

Siempre he pensado que se podría filmar una película sobre aquella época. Se titularía "Cantopopu" -abreviación de "canto popular" -como se denominaba entonces a cierta música cantada y acompañada siempre por guitarras acústicas ("criollas") y a lo sumo por tumbadoras, que se oponía al régimen militar dictatorial imperante y que solía ser, estilísticamente, una suerte de folkore campero empobrecido mezclado con elementos urbanos como los ritmos de la murga y el candombe... Con temáticas como el amanacer en el horizonte, imagen que debía entenderse en el sentido del advenimiento de la revolución socialista y no de un amanecer real en el horizonte real... Todo era un código cerrado en aquella época, y había motivos para que lo fuera, algunos atribuibles a la censura generalizada y otros al escaso talento de mucho oportunista con una guitarra entre los dedos y un micrófono delante de los dientes.
Sin embargo, si yo filmara esa pelicula, la iniciaría con una anécdota atípica y significativa, basada en mi experiencia personal. Mostraría a dos amigos veinteañeros saliendo de la casa de uno de ellos con el propósito de ir al recital del grupo Baldío -en esa época no se hablaba de "bandas" sino de "grupos"; y Baldío tenía la peculiaridad -verdaderamente peculiar en aquel tiempo y espacio- ¡de ser un grupo casi de rock! Casi, porque no lo era por completo; al menos no lo que vulgarmente se entendía -y quizás todavía se entiende- por "grupo de rock". Nada de sonido atronador, sino más bien un calculado entramado sonoro, un empaste estudiado de los instrumentos, algo muy trabajado, sin delirios progresivos sino con una severa reflexión sobre cada acorde a tocar, sobre cada giro rítmico, sobre cada énfasis y matiz... Una cosa realmente llamativa, que no he vuelto a encontrar... salvo en los trabajos posteriores y solistas de quien era en los hechos el líder y principal compositor del grupo, el sorprendente Fernando Cabrera.
Fernando Cabrera, a quien algunos colegas malévolos apodaban "el spica" en referencia a la radio a transistores, pues su voz -decían- así sonaba, como saliendo de una vieja y pequeña radio sin calidad, tocaba la guitarra y cantaba -sí, con su voz peculiar pero tremedamente expresiva. André Recagno tocaba el bajo -era el bajista en boga en aquella época; tocaba con todo el mundo, empezando por Jaime Roos y siguiendo por Jorge Galemire- y, a veces, hacía coros. Gustavo Etchenique -otra figura en boga- tocaba -como nunca, como no lo hizo después, como no he visto a otros tocar- la batería. Andrés Bedó -qué habrá sido de él, por dónde andará hoy en día- hacía sus habituales cosas raras en el piano. Más tarde se agregó Bernardo Aguerre, un excelente arreglador y un buen guitarrista que sin embargo no aportó mucho a la experiencia de Baldío...
Bueno, los dos amigos, los personajes de mi película saldrían a la calle -irían con su vestimenta habitual, a saber: vaqueros, quizás zapatillas deportivas ("championes") o botitas de gamuza acordonadas, o mocasines (¡sí, mocasines! ¡la mía fue la última generación que los usó en su juventud!); buzos "peruanos" -es decir rústicos, ásperos, de colores apagados, "artesanales" y con motivos de llamas del altiplano (animales imposibles en el Uruguay). Haría un poco de frío, de modo que irían con sus camperas militares (curiosa moda de la época: los opositores al gobierno militar usaban ropa militar... Alguna vez lo cuestioné y recuerdo la respuesta: "No es ropa de milico, ¡es ropa de guerrillero!". Y pensé que un guerrillero era también un "milico"... pero no lo dije, porque en aquel tiempo eso resultaba inadmisible: un milico era un hijo de puta y un fascista, punto; un guerrillero en cambio, quién no lo sabía, era un ángel de entereza y de idealismo, el más alto ejemplo de ser humano, un luchador perfecto por causas nobles que jamás se envilecerían... hoy en día hay tantos"guerrilleros" en el gobierno... en fin). Sigamos. Salían los dos amigos a la calle. Iban al recital del grupo Baldío. Iban, en realidad, a la parada del ómnibus que los llevaría hasta el cine Liberty donde tendría ocasión ese recital.
Salían, pero al acercarse a la avenida principal se encontraban con una manifestación. Estaba prohibida. Se había llevado a cabo de todos modos. Ese clima de ruptura de la calma. La gente marchando, voceando consignas. El clima de peligro inminente. El mirar hacia los costados. El clima cargado, el aire quieto, las voces en la plaza de Bomberos... Hasta que llegó el grito habitual -"¡LOS MILICOS!"-, una voz dada por alguien que había avistado eso que enseguida todos descubrían: un batallón verde a caballo a lo lejos, sable en mano, avanzando agazapada y pesadillescamente por la calle perpendicular, en dirección al amontonamiento de personas... que pronto dejaba de amontonarse, disparándose en todas las direcciones, corriendo, jadeando... los milicos que llegaban, los cascos de los caballos repiqueteando sobre el asfalto de todos los días... los dos amigos que, implicados por el simple hecho de estar, corren, corren junto a la masa desperdigada... los cascos cada vez más fuertes, el siseo de los sables... la locura, la sensación de irrealidad, el correr, el saltar, el llegar a la parada del ómnibus -justamente aquella a la que se dirigían en primer lugar-, el trepar por la puerta abierta de un ómnibus que se detuvo con la única y solidaria intención de ayudar, el sentir el suspiro de un sable a pocos centímetros de la espalda mientras se sube el escalón, mirar hacia atrás y ver a alguien menos afortunado derrumbarse bajo el castigo de un jinete uniformado... El ómnibus que se pone en marcha, la agitación dentro, el guarda despotricando contra los dictadores ("¡y si te quejás te dicen comunista!") y los jóvenes gritando desde las ventanillas abiertas contra los agresores que van quedando lejos y dos o tres viejas asustadas rogando o exigiendo que no griten así, y el ómnibus que avanza por la ciudad. Los dos amigos, jadeantes, silenciosos, parados en el pasillo repleto, tambaléandose por el traqueteo del ómnibus, van recuperando el sentido de la realidad. A las cuadras se dan cuenta: ¡este es el ómnibus que de todos modos iban a tomar!
Minutos después se bajan en la parada cercana el cine Liberty, con tiempo sobrado para llegar a la sala, pagar la entrada, entrar y escuchar el recital.

(continuará)

lunes, mayo 09, 2005

17. News of the world - Queen

Empiezo por confesar que me avergüenza un poco ubicar ESTO entre mis cosas favoritas... Pero es mejor no fingir; los gustos personales son, a veces, tan misteriosos como las personas que los portan... inclusive si la persona en cuestión es uno mismo. Además, este blog pretende ser una crónica casi histórica de algunos de mis gustos, y en aras de la veracidad debo decir que desde mi tierna adolescencia este disco (este vinilo, pues no puede ser —para mí— otra cosa que un vinilo con una cubierta MUY GRANDE Y DOBLE) me encanta y me apasiona.
¿Es el mejor disco de Queen? Yo qué sé. Devuelvo la pregunta: ¿hay un mejor disco de Queen? Quizás los hay peores... Éste, en particular, evita algunos pecados de la banda, como la sobreproducción en estudios, la complejidad inútil (no siempre es inútil, en Queen ni en nadie: digo que en Queen, en varias oportunidades, resulta superflua —pese a que tiene la virtud de reforzar la imagen de majestuosidad —o suntuosidad— que conviene a la banda; excepto que NO SIEMPRE esa imagen le convino, pues su grandiosidad fue casi siempre VULGAR, UN ASUNTO DE GRANDES ESTADIOS REPLETOS DE FANS AULLANTES Y SUDOROSOS. Dicho sea de paso, este disco parece dirigido a esos fans, pues es uno de los más pesados e intensos de la banda —y uno de los más directos, aunque, afortunadamente, no de los más sencillos: años más tarde simplificarían a un extremo absurdo sus canciones, a un extremo que casi les quitó todo distintivo y toda la bizarrería que en ellas era ingeniosa y hasta simpática).
Bueno, empieza con We will rock you/We are the champions, con lo cual está todo dicho (para bien Y para mal, aunque yo amo ambas canciones y me parecen gloriosas y excelentes. No me canso de escucharlas. Ya dije que mi gusto por este disco me avergüenza un poco...).
Sigue con Sheer heart attack, otro tema fuertísimo que adoro con toda mi alma y que puedo escuchar diez veces seguidas sin hartarme. (Alguna gente la odia. Eso jamás lo entenderé. Pese a que se trata de un cancioncita muy estúpida... No, no es estúpida; no, no lo es. PARECE estúpida —eso es diferente. Pero nada en este disco es otra cosa que un producto de la astucia de unos músicos muy buenos que decidieron concentrarse en golpear con fuerza en lugar de apabullar con óperas y ballets. ¿Estupidez? No time for losers).
Luego hay temas para todos los gustos, como siempre —baladas con sabor inglés, baladas ágiles con sabor rockero y operático, baladas jazzeras, bossa nova, hard rock de medio tiempo, hard rock con instrumentaciones extrañas, largas mezclas de hard rock con pop con teatro musical, blues sencillo..., todo muy bien hecho, todo muy ENFOCADO, todo muy CONTUNDENTE, como debe ser.
La cubierta forma parte de la música, de un modo lateral y eficaz. Del mismo modo que la música contenida en los surcos es GRANDE Y FUERTE (Y A SU MODO LEVEMENTE BIZARRA Y MUY POP), la cubierta muestra en colores intensos una notable y asustadora pintura de Frank Kelly Freas, maestro de la ilustración de libros de ciencia ficción. Un gigantesco robot con un diseño al estilo de la década del cincuenta y un rostro bastante humano y mogoloide, destruye estúpidamente una ciudad y, en particular, a los integrantes de Queen, que caen ensangrentados y sin vida de sus grandes manos mecánicas (unas de las cuales exhibe un dedo con una gran gota de sangre...). Apocalíptico, brutal, maravilloso. Inteligente en su aparente imbecilidad. Sí: como la música que hay allí dentro.
(Prejuicio nº 17: si no te gusta... seguramente temés parecer imbécil. Eso está mal, hay que tener más fuerza. Spread your wings and fly away).

domingo, abril 10, 2005

16. Relatos - Franz Kafka

Sus novelas son magníficas, pero -excepción hecha de América- tediosas en su permanente angustia. Grises. Y aunque ese color predomina en toda su obra (no en vano han filmado adaptaciones en blanco y negro), los relatos son más variados, o al menos su variedad se percibe mejor debido a la brevedad. Nada como La condena (tan superior -creo yo- a El proceso y El castillo), nada como El médico rural (tanto más sorprendente -por ser casi surrealista- que cualquier larga novela monótona en sus laberintos que podrían ser veinte o veinticinco o cuarenta, o tal vez infinitos). Y nada como la concisión eficaz de Un artista del trapecio y Un artista del hambre o como la inexplicable ambigüedad de Josefina la cantora y La construcción de la muralla china.
Dicho ésto, qué difícil es pensar en el universo sin pensar en Kafka. En parte por la existencia de un vocablo -"kafkiano"- que todo lo dice, incluso para aquellos que poco saben sobre el autor judío y praguense. En parte porque la obra es un símbolo inextricable del universo -esto es casi imposible de rebatir. Y en parte porque uno está tan acostumbrado a ese estilo de apariencia sólida y concreta y de contenido inasible, que es incapaz de imaginar nada que no esté, en alguna medida, atravesado por su nombre y su inquietante significación.
Kafka. ¿Qué otra cosa se puede decir?
No puedo escribir una sola línea sin pensar -así sea inconcientemente- en su vasta obra condenatoria y condenada. A pesar de que quisiera más humor (más risas; pues Kafka es humorístico pero TAN serio...).
(Prejuicio nº 16: si no te gusta, es posible que en ese disgusto haya algo de gusto, pese a que ese gusto no sea por completo ajeno al disgusto, y así sucesivamente).

viernes, marzo 11, 2005

15. La muerte de Iván Ilich - León Tolstoi

No cabe valorar a un autor -aunque sea un realista ruso- por la gordura de sus libros. Si bien los "gordos" Ana Karenina y La guerra y la paz son maravillas inconmensurables, obras maestras, ejemplos de literatura gigantesca e incluso unas cuantas cosas más, quizás lo mejor esté en lo más sucinto: en la novelita breve La muerte de Iván Ilich.
El inicio es perfecto: llega la noticia de que Iván Ilich murió, al juzgado donde trabajaba. Las reacciones de cada uno de sus camaradas -tan reales que parecen gente de carne y hueso y no personajes de ficción- oscilan entre la vaga inquietud ante la muerte ajena y la frivolidad terrenal más absoluta y campechana. Cada uno piensa qué pasará con el cargo que deja vacante el finado. Qué provecho podrá sacar de la vacante. No hay crueldad ni exageración en la pintura de la escena. Se la presenta como la única manera en que pasan estas cosas y punto. Lo peor es que la vida enseña que sí, que así pasan estas cosas y punto. La capacidad de observación -y de síntesis- de Tolstoi es ejemplar.
El resto del relato es un largo racconto. Primero el velatorio -donde se continúa ese clima casi agobiante de tan objetivo- y luego el racconto de la vida de Iván Ilich, el muerto.
Allí, dos finas estocadas de genio: la forma casual, banal y evitable en que enferma el protagonista -es la enfermedad que lo llevará a la muerte- y el cuestionamiento profundo e inesperado sobre sus elecciones de vida al final de ésta.
La narración de la agonía de Ilich es tan notable que uno cree saber cómo es morir. Cree haber acompañado de manera íntima y secreta a Ilich en sus últimas horas.
No sé si he leído cosas mejores.
(Prejuicio nº 15: si no te gusta..., no, de qué estamos hablando, te gustará. Basta con ser una persona).

martes, marzo 08, 2005

14. Run Devil Run - Paul McCartney

Quizás no tan favorita como otras cosas, por más reciente (el disco es de 1999). Parece que uno con los años se cierra...
Sin embargo, eso aumenta el mérito del disco. Si a un cínico no joven (ambos términos son casi sinónimos) le emociona algo, ese algo es:
O una blandura nostálgica;
O una cosa excepcional.
Run Devil Run entra cómodamente en ambas categorías.
Proyectado y llevado a cabo por un músico no joven (aunque quizá no cínico) el disco (el CD en realidad; es raro para mí no hablar de vinilos), el disco presenta viejos rocanroles y baladitas de los años cincuenta, conocidos o muy poco conocidos, en las versiones espontáneas de un pequeño grupo de músicos nada jóvenes (ninguno menor de sesenta).
Grabado rápidamente, casi sin ensayos, los famosos veteranos (Gilmour de Pink Floyd, Paice de Deep Purple, entre otros) logran inyectar vida y pasión a los ingenuos y sencillos temas. La vejez interpretando a la juventud (¿recuperándola?).
El efecto es alentador, refrescante, único. El minúsculo proyecto se transforma, casi, en una epopeya. Se dice que fue la respuesta de McCartney a la muerte de su esposa de toda la vida. Sea lo que fuere, trasmite con la discreta intensidad de la edad el dolor, el coraje y la necesidad de supervivencia.
Los tres temas nuevos son tan sentidos como los otros. El disco entero hace recordar (como ningún otro) que este señor mayor estuvo en cierta banda, décadas atrás.
En suma: quizás un disco para veteranos. Pero no para aquellos que se dan por muertos. Y, en esencia, un buen modo de exorcizar al Malo, que siempre nos acecha con su amargura.
(Prejuicio nª 14: si no te gusta, ja, no sabés nada de la vida, NIÑO).

viernes, febrero 25, 2005

13. El show de José Fin - Leo Maslíah

Recuerdo un comentario de la época: "Una novela que a cada rato deja de ser una novela". No es exacto pero tampoco falso. Con esta "novela" (o como se le quiera llamar), Maslíah logró varias cosas. En primer lugar, confundir a más de un lector. El estilo, por ejemplo, es tan llano y despojado que no parece uruguayo (es decir lo que en aquel tiempo se asociaba con "uruguayo": prosa poética, muchos adjetivos, narración no ágil). Parece la escritura seca de una novelita policial cualquiera. Aunque es aún más "seca" que éso. En segundo lugar, el disparate constante y con método. Un amigo mío decía que ésta no es literatura de humor, sino de ingenio. Yo digo: es cierto que no es de humor; pero es cierto que no es de ingenio. Aunque por momentos hace reír a carcajadas y es, sin duda, muy ingeniosa, "El show de José Fin" es algo más. Es, diría yo, excelente literatura. Extraña literatura, además. Sumamente accesible -cualquier idiota puede leer a Maslíah y, peor aún, disfrutarlo-, y a la vez sumamente inquietante -no cualquier idiota es capaz de abarcar todos los subtextos, todos los sentidos y, sobre todo, la exposición del sinsentido de la normalidad cotidiana. Si se lee con atención y sin prejuicios, se descubre una obra... eh... profunda (pese a que asociada a Maslíah esa palabra suena ridícula).
Escenas rápidas, constantes cambios de sentido, situaciones que son y luego dejan de ser, el foco constante sobre el protagonista José Fin, juegos con el lenguaje (pero inteligentes, certeros y asombrosos, no obvios, redundantes y exhibicionistas), y una pintura indirecta (a través de la parodia delirante y exigua) de la realidad uruguaya de aquel momento (principios de la democracia luego de once años de dictadura). Así como su libro anterior, "Historia transversal de Floreal Menéndez", reflejaba como ningún otro el universo claustrofóbico y banal de la dictadura (sin decirlo ni demostrarlo), éste expresa aquel lejano momento en que el presidente de la república defendía a los torturadores con el bizarro trámite de poner en duda o relativizar su existencia. Esos pases de magia dialécticos acometían los gobernantes y parecen, hoy, más absurdos que los absurdos de Maslíah. Y menos memorables.
"El show de José Fin" me cambió la idea que me hacía sobre la literatura. No es poco.
(Prejuicio nº 13: si no te gusta..., ¿serás un torturador que no lo es ni lo fue nunca?).