Siempre he pensado que se podría filmar una película sobre aquella época. Se titularía "Cantopopu" -abreviación de "canto popular" -como se denominaba entonces a cierta música cantada y acompañada siempre por guitarras acústicas ("criollas") y a lo sumo por tumbadoras, que se oponía al régimen militar dictatorial imperante y que solía ser, estilísticamente, una suerte de folkore campero empobrecido mezclado con elementos urbanos como los ritmos de la murga y el candombe... Con temáticas como el amanacer en el horizonte, imagen que debía entenderse en el sentido del advenimiento de la revolución socialista y no de un amanecer real en el horizonte real... Todo era un código cerrado en aquella época, y había motivos para que lo fuera, algunos atribuibles a la censura generalizada y otros al escaso talento de mucho oportunista con una guitarra entre los dedos y un micrófono delante de los dientes.
Sin embargo, si yo filmara esa pelicula, la iniciaría con una anécdota atípica y significativa, basada en mi experiencia personal. Mostraría a dos amigos veinteañeros saliendo de la casa de uno de ellos con el propósito de ir al recital del grupo Baldío -en esa época no se hablaba de "bandas" sino de "grupos"; y Baldío tenía la peculiaridad -verdaderamente peculiar en aquel tiempo y espacio- ¡de ser un grupo casi de rock! Casi, porque no lo era por completo; al menos no lo que vulgarmente se entendía -y quizás todavía se entiende- por "grupo de rock". Nada de sonido atronador, sino más bien un calculado entramado sonoro, un empaste estudiado de los instrumentos, algo muy trabajado, sin delirios progresivos sino con una severa reflexión sobre cada acorde a tocar, sobre cada giro rítmico, sobre cada énfasis y matiz... Una cosa realmente llamativa, que no he vuelto a encontrar... salvo en los trabajos posteriores y solistas de quien era en los hechos el líder y principal compositor del grupo, el sorprendente Fernando Cabrera.
Fernando Cabrera, a quien algunos colegas malévolos apodaban "el spica" en referencia a la radio a transistores, pues su voz -decían- así sonaba, como saliendo de una vieja y pequeña radio sin calidad, tocaba la guitarra y cantaba -sí, con su voz peculiar pero tremedamente expresiva. André Recagno tocaba el bajo -era el bajista en boga en aquella época; tocaba con todo el mundo, empezando por Jaime Roos y siguiendo por Jorge Galemire- y, a veces, hacía coros. Gustavo Etchenique -otra figura en boga- tocaba -como nunca, como no lo hizo después, como no he visto a otros tocar- la batería. Andrés Bedó -qué habrá sido de él, por dónde andará hoy en día- hacía sus habituales cosas raras en el piano. Más tarde se agregó Bernardo Aguerre, un excelente arreglador y un buen guitarrista que sin embargo no aportó mucho a la experiencia de Baldío...
Bueno, los dos amigos, los personajes de mi película saldrían a la calle -irían con su vestimenta habitual, a saber: vaqueros, quizás zapatillas deportivas ("championes") o botitas de gamuza acordonadas, o mocasines (¡sí, mocasines! ¡la mía fue la última generación que los usó en su juventud!); buzos "peruanos" -es decir rústicos, ásperos, de colores apagados, "artesanales" y con motivos de llamas del altiplano (animales imposibles en el Uruguay). Haría un poco de frío, de modo que irían con sus camperas militares (curiosa moda de la época: los opositores al gobierno militar usaban ropa militar... Alguna vez lo cuestioné y recuerdo la respuesta: "No es ropa de milico, ¡es ropa de guerrillero!". Y pensé que un guerrillero era también un "milico"... pero no lo dije, porque en aquel tiempo eso resultaba inadmisible: un milico era un hijo de puta y un fascista, punto; un guerrillero en cambio, quién no lo sabía, era un ángel de entereza y de idealismo, el más alto ejemplo de ser humano, un luchador perfecto por causas nobles que jamás se envilecerían... hoy en día hay tantos"guerrilleros" en el gobierno... en fin). Sigamos. Salían los dos amigos a la calle. Iban al recital del grupo Baldío. Iban, en realidad, a la parada del ómnibus que los llevaría hasta el cine Liberty donde tendría ocasión ese recital.
Salían, pero al acercarse a la avenida principal se encontraban con una manifestación. Estaba prohibida. Se había llevado a cabo de todos modos. Ese clima de ruptura de la calma. La gente marchando, voceando consignas. El clima de peligro inminente. El mirar hacia los costados. El clima cargado, el aire quieto, las voces en la plaza de Bomberos... Hasta que llegó el grito habitual -"¡LOS MILICOS!"-, una voz dada por alguien que había avistado eso que enseguida todos descubrían: un batallón verde a caballo a lo lejos, sable en mano, avanzando agazapada y pesadillescamente por la calle perpendicular, en dirección al amontonamiento de personas... que pronto dejaba de amontonarse, disparándose en todas las direcciones, corriendo, jadeando... los milicos que llegaban, los cascos de los caballos repiqueteando sobre el asfalto de todos los días... los dos amigos que, implicados por el simple hecho de estar, corren, corren junto a la masa desperdigada... los cascos cada vez más fuertes, el siseo de los sables... la locura, la sensación de irrealidad, el correr, el saltar, el llegar a la parada del ómnibus -justamente aquella a la que se dirigían en primer lugar-, el trepar por la puerta abierta de un ómnibus que se detuvo con la única y solidaria intención de ayudar, el sentir el suspiro de un sable a pocos centímetros de la espalda mientras se sube el escalón, mirar hacia atrás y ver a alguien menos afortunado derrumbarse bajo el castigo de un jinete uniformado... El ómnibus que se pone en marcha, la agitación dentro, el guarda despotricando contra los dictadores ("¡y si te quejás te dicen comunista!") y los jóvenes gritando desde las ventanillas abiertas contra los agresores que van quedando lejos y dos o tres viejas asustadas rogando o exigiendo que no griten así, y el ómnibus que avanza por la ciudad. Los dos amigos, jadeantes, silenciosos, parados en el pasillo repleto, tambaléandose por el traqueteo del ómnibus, van recuperando el sentido de la realidad. A las cuadras se dan cuenta: ¡este es el ómnibus que de todos modos iban a tomar!
Minutos después se bajan en la parada cercana el cine Liberty, con tiempo sobrado para llegar a la sala, pagar la entrada, entrar y escuchar el recital.
(continuará)