No creí que tan pronto me dominara el narcisismo, pero en fin..., puesto a pensar sobre mis cosas favoritas, saltó esta ficha. Además, ES realmente favorita. Por más que uno esté demasiado ligado a un libro que escribió con sus propias manos, debo reconocer que éste me gusta mucho. ¿Y por qué no? Hasta donde pude, escribí el libro que me habría gustado como lector. Me regalé ese libro. En realidad, me sorprende que a otros les guste. Es como si me olvidara de que existen varios ejemplares, no únicamente el que está en mi biblioteca...
Y no sé describirlo, a pesar de que con el tiempo lo he entendido mejor; es decir, he entendido mi método. He descubierto que había un método. Esos relatos intentan evitar a toda costa el argumento más convencional. Sus argumentos son mínimos, sesgados, y casi nunca se apoyan en los elementos que suelen atrapar al lector. Me apuro a decir que, sin embargo, ATRAPAN al lector. Lo sé por experiencia. Así que he logrado -en alguna medida- sustituir lo evidente (y para mi gusto, gastado) por lo no tan evidente (y no tan gastado), respetando de todos modos la estructura básica del cuento (al menos en ciertos casos). Y esto explica y justifica la inclusión del relato delirante, barroco y seudohistórico "Un puente largo y antiguo" en el contexto de otros, cotidianos, casi hiperrealistas y minimalistas, aparentemente llanos y poco pretenciosos. "Un puente..." evita a través del disparate como método aquello que los demás evitan a través de la mirada penetrante y casi obsesiva. Es decir, el argumento tradicional.
No sé, me gusta el libro y sólo el pudor me impide recomendarlo abiertamente, aunque de algún modo lo estoy publicitando, aquí.
Advertencia final: Un puente largo y antiguo se publicó como volumen décimo tercero de la colección de los flexes terpines dirigida por Mario Levrero, y eso fue bueno y fue malo a la vez. Bueno, porque el prestigio de Mario atrajo la mirada de la crítica sobre los libros de la colección; de lo contrario nadie habría dado pelota ("¿Autores nuevos? ¿Y uruguayos? ¿A quién le interesa? Dejame dormir y soñar con Saramago"). Malo porque esa mirada a veces se quedó en un implícito "ah, la colección de los alumnitos de Levrero. Qué tipo generoso este Mario, apadrina a cualquiera". Aprovecho para afirmar que no todos esos autores iban a los talleres de Mario, ni todos eran jóvenes como muchos creyeron. Nada de eso quedó claro, jamás. La inercia mental predominó. ¿Es sorprendente? No, pero es interesante. Así está el mundo, amigos.
(Prejuicio nº2: si no te gusta este libro, sos uno de los intelectuales tontos que denuncio aquí y en el libro).